"El Joker caminó para que Dogman pudiera correr" por E. DUCLOS


Un hombre se refugia en la seguridad del instinto animal de los perros para escapar de las raíces podridas de la violencia familiar vivida toda su infancia, a manos de un padre fanático religioso. Al fin y al cabo los perros (a los que llama “mis hijos”) son más confiables que un ser humano. Esto, que podría ser la subtrama del presidente de cierto país sudamericano, es el punto de partida de Douglas -Doug para los amigos-, el protagonista de “Dogman” (Luc Besson, 2023).

Los malos artistas copian, los geniales roban. Besson no tiene vergüenza alguna en robar con ganas a “Joker” (Todd Philips, 2019) y a todas las películas de las que el personaje de ese guasón se supo nutrir. Pero lejos de ser una fuente de memes para tías de facebook, el hombre perro de este filme no quiere ver el mundo arder ni planea una venganza a gran escala. Sabe moverse con recelo, como un buen animal que sabe del impredecible espíritu humano, en el que conviven actitudes de amor y odio (en palabras de su yo de niño). El desarrollo de personaje y el timing justo para desenvolver la historia se agadece mucho, y todo está acomodado en su sitio, como en una máquina en la que no sobra un tornillo o engranaje. Es un antihéroe de los que hemos visto de sobra en el cine, un tipo de buen corazón al que el mundo le escupe la cara. Caleb Landry Jones se luce, y pese a no estar nominado a un Oscar, el tiempo seguro va a poner su trabajo en el alto lugar que corresponde.


La película empieza por el final, luego de un incidente que sabemos que ha sido espeso porque toda la policía lo busca. Una vez detenido, Doug cuenta a la psiquiatra su vida. Buscamos el amor adonde está, y él lo encontró en los perros. La suya no es muy distinta a la historia de cualquier persona paralítica, en una incesante cuesta arriba; social, amorosa y laboralmente. Finalmente encuentra un pequeño lugar en el mundo en un espectáculo de transformistas, que lo acogen casi como a una mascota abandonada. 

Siempre acompañando, los perros no se imponen como un personaje aparte sino que Doug es el alfa de la manada, proveedor y amoroso, capaz de comunicarse con el pensamiento. Esto, sumado a las carencias materiales que él decide enfrentar con ayuda de ellos, serán el principio del fin.

Párrafo aparte merece la banda sonora, que en ciertos y decisivos momentos sabe darnos momentos de música para viejos meados: Django Reinhardt, ZZ Top, Edith Piaf, Marlene Dietrich. 

El final es predecible pero no por eso menos hermoso. Las instituciones están hechas para ser respetadas y los protocolos tienen que seguirse. Besson nos regala un final al palo y lleno de emotividad, con un lugar protagónico para el espectador, bajo la fuerza de la mirada de Douglas, cargado con el espectro de una Norma Desmond o un Antoine Doinel.



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